02 febrero 2015

Rebajas: liderazgo al 50%.

Posted by Juan bueno On lunes, febrero 02, 2015 No comments
El país entero está en rebajas. El paisaje urbano se adorna con carteles y publicidad que exponen la excelencia de la reducción de precios y el mantenimiento de la calidad.
 
 
Pues no, digamos que es una inexactitud, o una exageración o tal vez una falacia. Y no hablo de ropa y complementos (según la OCU es ahí donde los españoles empleamos los euros que gastamos en rebajas), hablo de algunos elementos o características que me parecen esenciales en las organizaciones y en las que veo más rebajas de las que me gustaría.


Sin duda vivimos, padecemos pero también disfrutamos una época única, llena de dificultades y oportunidades. Tal vez un poco extrema, lo admito, pero es un momento en que se requieren muchas habilidades sociales, ampliamente adiestradas o en su grado de excelencia. Ya ha sido objeto de comentario en posts anteriores que no es la inteligencia ni el buen curriculum el que determina alcanzar el éxito profesional. Hay otros indicadores, como la Inteligencia Emocional o el dominio de esas mencionadas habilidades, mucho más determinantes a la hora de marcar la senda del triunfo o el fracaso.
 
Pero a pesar de todo lo anterior, aprecio últimamente rebajas en esas competencias imprescindibles, en las que la aplicación de descuentos no son más que un claro perjuicio para las organizaciones y sus empleados. El Liderazgo al 50%, anímese, se podrá llevar un líder un poco sombrío, que jefea más que inspira, que ordena más que convence y cuya orientación a las Personas es similar a la sensibilidad del aparador que preside mi comedor. Pero su precio es la mitad, ¡no se lo puede perder!, animan los luminosos publicitarios. Peor es la oferta de 3x2 de algunos supermercados. Si se lleva dos líderes mediocres le regalamos el tercero. Y lo peor es que esa disminución en el precio va acompañada de una clara aminoración de sus cualidades.
 
Y esos líderes mermados los colocamos al frente de organizaciones importantes. Mi suegra siempre lo decía: “lo barato sale caro”. Y cuando tienes un jefe tóxico, adquirido en temporada de saldos, la devolución se convierte en complicada.
 
Las rebajas alcanzan el 70% en productos especiales, como la empatía, la tolerancia al error o la capacidad de plantear objetivos retadores e ilusionantes. Y no importa de quién es la culpa o la responsabilidad (esta palabra me gusta más), lo cierto es que esas tentadoras ofertas llenan los escaparates, cuidadosamente decorados. Craso error. Esas mermas sólo sirven para debilitar el valor de los equipos y la capacidad de liderar de los que están al frente.

Hay competencias en las cuales no vale la moderación, bien al contrario debería primar la exageración, el exceso, la abundancia. La restricción de algunas de ellas aminoran los recursos que tienen las Empresas para hacer frente a un mercado tan rápido como cambiante. No veamos sólo como se desinfla el precio, porque en ocasiones la calidad va a determinar mucho más el futuro, y lo que hoy pagamos con depreciación monetaria y nos parece un ahorro para el bolsillo mañana se convertirá en un menoscabo considerable para nuestra organización.

Me encantan las gangas en un modelito ideal que vi a principio de temporada, o en unos zapatos estupendos, pero en las personas y valores que tienen que formar parte de mi organización prefiero pagar el precio justo, ni más ni menos, y prefiero huir de ofertas que a la larga son onerosas.

Las rebajas, sólo en los grandes almacenes. Para el resto, lo mejor, y de lo mejor, lo superior.

May Ferreira




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28 enero 2015

Por esto de las navidades, se hacen y reciben llamadas de amigos con quien hace tiempo no hablas.


 Hace unas  semanas  me llamó uno al que aprecio mucho  y hacía tiempo no hablábamos. La última vez que estuvimos juntos en verano quedamos en la terraza que hay debajo de su oficina a tomar café a mitad de la mañana. La terraza acristalada nos permitió  uno de esos encuentros tranquilos que hemos tenido algunas veces. Volvimos a hablar de esas cosas que por teléfono se tratan más superficialmente, de los niños, de las notas de los niños, de amigos comunes, de los planes para ese verano, del negocio y de algunas cosas más personales. En nuestra despedida ese día me dijo que su pareja le curioseaba el móvil con frecuencia y había visto el mensaje para vernos y que como siempre está muy suspicaz con todo, que casi era mejor evitar que lo supiera. De acuerdo dije, no te preocupes.

Cuando el otro día volvimos a vernos volvió a insistir: Es mejor que no sepa que hemos hablado, se preocupa mucho pensando que comentamos sus cosas y sufre inútilmente, lo pasa mal y luego lo pagamos todos innecesariamente.

Me sorprendió esta vez  la petición, casi nunca hacíamos referencias a cosas de su mujer, pero no dije nada, aunque si me hizo reflexionar sobre un tema que he tratado en muchos momentos con mis clientes en la consulta.
 
Buscamos significados en las cosas que vemos, leemos o vivimos en referencia a nosotros mismos y nuestra forma de interpretar el mundo, pero no siempre es así como lo vemos.
 
El psicólogo Chris Argyris llamó a este proceso “la escalera de la inferencia”, un proceso por el cual, a partir de ciertos datos seleccionados, asignamos un significado a ciertos eventos, y basándonos en nuestras creencias, extraemos conclusiones que guían nuestras acciones. Hacemos estas operaciones diariamente, cientos de veces sin darnos cuenta, y sin darnos cuenta a veces que son errores de interpretación.

 Subo de la planta 2 a la 3 de mi oficina y me cruzo con un compañero con el que ayer en una reunión tuve una discrepancia e inmediatamente supongo que está enfadado conmigo solo porque ayer tuvimos ese desencuentro, y no soy capaz de alejarme de ese pensamiento y buscar la posibilidad entre otros de que puede que no me haya visto.
 
Una amiga hace un comentario sobre un peinado y pienso que se refiere al  mío, sin pensar que es posible que en su cabeza estén los de otra persona.
 
Alguien habla de algo o leo una nota de alguien sobre un tema y no me paro a pensar sino que es por mi por quien hacen el comentario, sin ver cinco líneas más abajo que otra persona también se lo ha atribuido, y que puede que no sea ni para una ni para otra, sino una concatenación de detalles de diferentes escenarios que nada tienen que ver con ninguna.
 
Y esa información en la que nos fijamos está filtrada por nuestros juicios previos. A las personas nos gusta que lo que llamamos “la realidad” sea coherente con nuestros esquemas, con lo que siento y he construido en mi mente durante meses y meses, y esto nos hace inferir que lo que ocurre responde exactamente a ese esquema mental que poseemos, que se ha ido configurando a lo largo de nuestra existencia según nuestras experiencias concretas, miedos, deseos, incidentes etc…, y busco a otras personas que me los refuercen y den la razón dándoles solo aquellos detalles que yo he valorado como certeros.
 
Una inferencia no es una realidad, sino un simple producto del pensamiento pero al que damos el mismo valor que a la realidad.
 
El proceso que sigue nuestra mente parte de que:
  1. Seleccionamos de todo lo que ocurre ciertos datos y no todos los que existen.
  2. Interpretamos lo seleccionado y construimos con nuestras palabras una historia que explica el significado que los datos seleccionados tienen.
  3. Nuestra mente explica la situación estableciendo relaciones de causa y efecto.
  4. Se decide cuál es la respuesta conveniente a la situación. Aquí es cuando elaboramos una respuesta emocional para ese momento.
Puede parecer un proceso lineal, pero en realidad es más un proceso circular en donde las emociones generadas en el último peldaño influyen directamente en la selección de datos que vamos a realizar a partir de entonces. Es como arrastrarse por las emociones sin abandonarlas.

El único antídoto contra los malentendidos y enfrentamientos a que da lugar el uso de inferencias es detectarlas tan pronto como aparecen en la conversación y examinarlas despacio, quizás contrastarlas.

Y esto es muy simple, basta con primero reflexionar que se ha detectado una posible inferencia, y segundo, pedir a la persona que emitió cierta información la confirmación de que efectivamente de eso se trata y no de otra cosa. El tercer paso consiste en descender la escalera de inferencias, viendo qué datos se han usado para llegar a la conclusión a examen. Así, se tiene oportunidad de repasar conjuntamente todo y valorar si son incompletos o si se han interpretado de una forma equivocada.

Las implicaciones de esta escalera de razonamiento condicionan lo que hacemos y lo que sentimos. Nuestros actos son la consecuencia de ella. No somos en muchos momentos capaces de encontrar otras maneras de pensar, interpretar o preguntar, de hacer valoraciones fuera de nosotros mismos, otras forma de ver los acontecimientos que nos alejarían de las atribuciones en muchas ocasiones negativas sobre los hechos.
 
Con las premisas únicas se ciega la posibilidad de generar nuevas conversaciones que permitan, no solo identificar realmente si lo que se ve tan claro es la causa real de las situaciones, sino que además y en función de la información que de esta nueva conversación se derivara, podríamos influir positivamente en algún cambio de comportamiento.
 
Los enemigos no existen, solo existen los malentendidos mal encauzados. Por eso cuando malinterpreto me causo un daño innecesario que se resolvería preguntando ¿es así como lo he interpretado?

Y dejo encima de la mesa para pensar y a quien pueda malinterpretar lo que oye, lo que lee, lo que piensa, lo que le dicen… que se siente y  pregunte.
 
Mila Guerrero
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19 enero 2015

 

A lo largo de la vida profesional se conoce a muchas personas Y cuanta más larga es la vida profesional, mayor es el número de personas con quien se ha tenido la oportunidad de interaccionar. Algunas que son un honor y un placer, tanto por lo que saben cómo por lo que comparten, y otras…. más limitadas, más cicateras, poco dispuestas a entender que el saber y el conocimiento es un recurso ilimitado, y que no se gasta, no se agota, al contrario se multiplica y que precisamente lo hace por la interacción con los demás.

 

 
Recuerdo desde pequeña una frase de mi abuelo (un hombre hecho a sí mismo, de condición humilde, que todo lo logró a base de esfuerzo y estudio) que me decía “únete siempre a la gente que sabe, porque algo te quedará”. Y reconozco que ese Mentor, tan querido por mí, atesoraba una sabiduría infinita y una enorme generosidad. Ese es el espejo en el que me gusta verme reflejada. Son valores que trato de inculcar en mis hijas porque intuyo que sobre ellos se podría sustentar una sociedad mejor, un mundo mejor.
 
Mi añorado "papi" (un referente para todos sus nietos) era un lector empedernido y muy aficionado a la escritura y reflexiones de Antonio Machado, y le gustaba usar a veces sus citas para ilustrar o explicar ideas que en palabras del gran poeta sevillano adquirían otro realce. Esta es una de las que recuerdo: “en cuestiones de cultura y saber sólo se pierde lo que se guarda; sólo se gana lo que se da”.
 
Todos estos pensamientos se agolpan en mi cabeza cuando recientemente he encontrado personas que proclaman justo lo contrario y que se atreven a reprochar agriamente a otros profesionales que usemos las mismas herramientas, porque tratan de diferenciarse a través de ellas. Pero cuidado, no hablo de personas que sean creadoras de esas técnicas o herramientas, ¡No! son simples usuarios o consumidores, como tú o como yo, pero que tienen la infinita osadía (aunque quizá haya que utilizar la palabra ignorancia) y la desfachatez de recomendarte el no uso de determinadas herramientas, porque las utiliza su Empresa.
 
La primera reflexión que a uno le viene a la mente (absurda, como no puede ser de otra manera) es ¿habrá adquirido el copyright de esas herramientas?. Y cuando se van desgranando, una a una, las técnicas y herramientas  en cuestión, se acaba concluyendo que a veces la paranoia, la ceguera, la falta de miras, la inseguridad, en definitiva la falta de profesión, es lo que motiva a determinadas personas a apropiarse de herramientas de uso común.  
 
El conocimiento es un bien público y si alguien lo entiende de otra manera, simplemente ya no está en este mundo. ¿Cómo se puede alguien querer apropiar de herramientas como los Mapas Mentales (Tony Buzan, su creador, estará encantado de su uso y difusión); el Mentoring; el Coaching ejecutivo; Coaching de equipos; Storytelling; el Brain Gym,  la Psicología Positiva; el Neuromanagement; la Inteligencia Emocional aplicada a las organizaciones (que hubiera ocurrido si Daniel Goleman no hubiera compartido el resultado de sus estudios e investigaciones?); el Diagrama de flujo; SCAMPER (su creador Alex Osborn ¿qué preferirá: que se difunda y se utilice o que se guarde en un cajón?); el Pensamiento lateral (si Eduard de Bono lo hubiera guardado en secreto todos seríamos un poco más ignorantes); el Team building; Neuroliderazgo; Aprendizaje emocional; la creatividad en la toma de decisiones;  y qué decir de todas las últimas tendencias relativas al trabajo (worknetting) o Aprendizaje colaborativo que está en la base de verdaderas relaciones profesionales. En fin, la lista podría ser larga.
 
Stephen Covey lo llama en su famoso libro “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”, “el principio de la abundancia”, y se basa en que hay demasiado conocimiento para compartir, éste es infinito y se multiplica de forma permanente (sólo hay que echar un vistazo a Internet). Por lo tanto sentirse amenazado y tratar de esconder lo que uno hace como cuando era pequeño y se tumbaba literalmente encima de su examen para que el compañero de pupitre no pudiera copiar, es simplemente mezquino, propio de mentes cicateras e inseguras y cuyo recorrido profesional está abocado al fracaso.
 
Nuestro conocimiento está estrechamente ligado a nuestra identidad, a nuestra idiosincrasia y precisamente la riqueza está en cómo cada uno de nosotros, le ponemos nuestro propio sello profesional y personal. Por último  es importante mencionar que cuando una idea o herramienta me interesa porque es de calidad y le veo aplicación en mi trabajo quiero ser parte activa en su difusión, conocimiento, aprendizaje, en definitiva, en su éxito. Y si alguien cree que el conocimiento, la ciencia o el saber es de su propiedad y no desea compartirlo, incluso tiene la osadía de prohibirlo, me temo que su sitio está en un paraje muy alejado y solitario…. Tal vez la Pampa argentina, un desierto australiano o la sabana, pero no el mundo real que nos ha tocado vivir.
 
 
Acabo como empecé, recordando a mi abuelo y aquella frase que, hoy más que nunca, es un lema: “únete siempre a la gente que sabe, porque algo te quedará”.

May Ferreira

 
 



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01 enero 2015

Escenas de Navidad: Elijan la suya

Posted by Juan bueno On jueves, enero 01, 2015 No comments
ESCENA 1
 
No hay tablones suficientes para montar esta mesa, hay de todas las edades, de todos los sexos, de todas las alturas, y todos nos preguntamos a quien se le ha ocurrido poner los tablones así. Entonces se mueven una, dos, tres, cuatro veces y la definitiva es idéntica a la que se había compuesto al principio y sigue sin cubrirse con los manteles todo el territorio.
 
Yo procuro sentarme cerca de la ventana, hace un calor horrible con tantas personas y este año me ha tocado tener en brazos y dar de comer al hermano mayor, el de dos años, de la sobrina de mi marido que tiene ella uno de tres meses en su regazo.
 
El niño come croquetas como si fuera una trituradora, y cada vez que termina una, gira la cabeza me sonríe y dice “ota”, yo no escatimo en mimos, y ahí va otra de jamón y huevo duro. Aunque su madre me ha pasado una chaquetita por si tiene frío, me apiado del pequeño y me resisto a cocerlo en la bechamel que se está metiendo en el cuerpo, el pobre lleva camiseta debajo de su camisita de Zara, y tiene las mejillas del color de la última lava que salió del monte Ontake.
 
Se habla de todo, no se termina ninguna conversación, hay un ruido infernal, un olor a mezcla de comidas casi vomitivo, pero veo muchas caras sonrientes, algunos gestos torcidos, mi marido parece contento charlando, mis hijos jugando; un poco de paciencia, quizás merece la pena estar aquí este rato, se pasará rápido, así que: “¿ota croquetita cariño?”, así no cenas.
 
ESCENA 2
 
Este año me toca Nochebuena con la familia de mi mujer y Navidad y Año viejo con la mía, me parece que es así. De lo que si estoy seguro es que en la mesa que sea, me va a tocar otra vez con el hermano medio bobo de mi mujer, me lo ponen siempre al lado. No habla, no es que sea mudo es que nunca dice nada ni interesante ni poco interesante, nadie se extraña de que se haya quedado soltero. Deben pensar todos que yo también soy medio lelo y por eso me lo calzan o quizás me castigan así por haberme casado con su hija. Al cuñado listo le ponen al lado de su mujer y mi suegra, y me mira como diciendo “ale otra vez te ha tocado al lado del hermanito…”, y yo le miro diciendo, “sé con quien se la pegas a mi cuñada”, es la escena de Duelo de Titanes.
 
Lo que si hago es la guerra fría poco a poco, por ejemplo si mi cuñada, la lista, ha hecho canelones este año e insiste que son muy sofisticados porque les ha dado un punto con nuez moscada, (ella sabe de todo), yo digo que la nuez moscada tiene un componente cancerígeno y así bloqueo gran parte de las alabanzas de los susodichos canelones. Aunque mi santa dirá inmediatamente que eso es una idiotez de las mías, que no tengo ni idea y que me lo he inventado, con eso puede defender a su hermana allí mismo, aunque en casa piensa otras cosas, como que… para canelones ¡los suyos!. Inmediatamente yo animo a que se los coman y noto el miedo pasear por los platos. Es la mejor sensación que voy a tener en esa mesa tan familiar. También procuro que el hermano bobo pida repetir de canelones, para que mi mujer le diga en alto alguna bordería de las suyas aunque esas no lleven nuez moscada, es especialista en ellas, y quede como más bobo aún de lo que ya es. Es el momento en el que algún dardito entonces empieza a volar por encima de los polvorones como si fuera  deporte olímpico.
 
Miro a mis hijos bastante aburridos, porque no les deja la game el hijo de la canelones,  tiene muy mala leche ese niño. En cuanto diga uno que ha quedado con sus amigos yo soy el voluntario que quiero hacer el trayecto. Y pensar que el año pasado fue igual y el próximo será lo mismo…
 
 
ESCENA 3


No haber estado todo el año con ellos, hace que esta cena de navidad sea LA CENA. Estamos todos, de todas las familias, de la mía, de la suya, los amigos míos, los suyos, los amigos de alguien deben ser esos que entran ahora, el abuelo está encantado con los boleros que suenan … a esos no los conozco, debe ser la madre de alguien, ha venido hasta un exmarido y eso que ya hay un medio novio más joven que le hace la competencia. ¡¡¡¡¡Da igual!!!!!, creo que no estamos celebrando fin de año, estamos celebrando que estamos todos bien, que podemos estar  juntos, que todo lo que ha pasado en el año no tiene la menor importancia porque en este momento estamos aquí. El cava no es catalán por reivindicación de alguien y acaba de llegar uno de Barcelona, se me había olvidado, le invitamos porque estaba solo estos días. Espera que seguro que hay un fuet en la nevera que lo sacamos en la bandeja con el turrón para que se sienta bien y crea que a nosotros lo de la independencia nos parece tan rica como la butifarra.

 
Me abrazo con el final de las campanadas a quien hace mucho que no veo, a con quien estuve muchos días, a mi madre a mis hijos, y al buenorro por supuesto. Sé que es una noche más pero me gusta tener a todos en casa disfrutando, me gustan estos momentos y recuerdo a quien no está y me hubiera gustado que estuviera conmigo, pero estará bien seguro. Para evitar la melancolía salgo un momento a la terraza a ver los fuegos artificiales del barrio, que cada año son mejores, alguien se me acerca por la espalda, nos miramos, sonreímos y le digo cuanto me gusta que este aquí hoy, y ella me dice ¡¡¡ que suerte tienes siempre, que macizo está!!!. Un petardo le ha impedido oír mi comentario.

Mila Guerrero
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30 diciembre 2014

Navidad, dulce espejismo

Posted by Juan bueno On martes, diciembre 30, 2014 No comments

Las Navidades son un periodo contradictorio, de penas y alegrías, de buenos deseos, de tirar la casa por la ventana con comilonas y regalos, de prisas y carreras organizando amigos invisibles o comprando esos décimos de última hora.
 
 
Los sentimientos parecen estar a flor de piel y salen a borbotones. Nos empeñamos en borrar momentáneamente las rencillas y diferencias con esos cuñados cicateros o con un vecino pesadísimo, aun sabiendo que tus cuñados seguirán teniendo la misma actitud mezquina y el vecino del quinto seguirá siendo tan impertinente como hasta ahora.
 
Pero estos días en los que se encienden luces hasta en las alcantarillas parece que nos vemos casi obligados a dejarnos llevar por esos buenos sentimientos que no durarán en el mejor de los casos dos semanas, porque la llegada del nuevo año y la vuelta a la rutina, colocan esa indulgencia en el recuerdo.
 
Deseamos estar juntos con las personas que queremos y la nostalgia nos golpea porque hay ausencias dolorosas y aunque lo deseamos con toda nuestra alma hay personas que ya no van a traspasar la puerta de tu casa para esa cena, exclamando como lo hacía la yaya Pilar:”hija, qué rico huele”.
 
En la televisión se repite la rutina de todos los años, programas recapitulativos de todo lo ocurrido: nacimientos, muertes, bodas, todo pasa delante de nuestros ojos como una película reciente que, sin embargo, ya está acabada y no tiene segunda parte. O tal vez sí. Cada uno de nosotros sabe si éste ha sido un año memorable en su vida o mejor saltar cuanto antes al siguiente y desear que la suerte nos sea favorable. O que nuestro talento por fin decida desplegar todas sus alas y ofrecernos nuevas oportunidades.
 
Las conversaciones se repiten: ¿dónde pasas las fiestas? ¿qué cenas en nochebuena? ¿vas a salir en nochevieja? Y suelo escuchar las mismas respuestas, son días reservados para la familia. Creo que todavía tenemos mucho concepto de tribu. Pero no me podéis negar que son precisamente estas fechas en las que esas cenas opíparas hacen los más extraños compañeros de mesa y acabas cenando al lado de ese primo de tu mujer al que no soportas, y que por supuesto no ves nunca, pero que puntualmente, se encarga de amargarte una de las últimas cenas del año. Pero sonríes, tú, yo, y todos. No podemos desentonar con toda esa decoración luminosa, los anuncios de cava, dorados y burbujeantes, y esa sucesión casi infinita de publicidad dedicada a los perfumes y a los juguetes!!!!

Nuestra actitud tiene que armonizar con todo lo que nos rodea, con el azúcar rebosante de turrones, los aromáticos polvorones, los mazapanes, cuyo propio nombre evoca emociones apacibles y un poco empalagosas. Todo es dulce alrededor. Ese espíritu nos lo meten a presión los grandes almacenes que nos golpean sin piedad y descanso desde el mes de octubre! Y es que cada vez la Navidad dura más o a mí se me hace más larga.
 
Todo ello por no mencionar al inefable Papa Noël haciendo horas extras como un loco (no sabe lo de la reforma laboral) y sus colegas los Reyes Magos (que siguen trabajando en precario), y se pasan todo el año mano sobre mano y en una semana pretenden realizar toda la tarea y además hacer las entregas a tiempo. Y aunque contraten muchos ayudantes a tiempo parcial (más precarios todavía), véanse pajes, Rudolp el Reno, camellos y demás extras, acaban agotados y estresados. Sé de buena tinta que todos estos acabaron el año pasado de baja laboral.
 
Capítulo aparte merecen los regalos. Porque para comprarlos utilizamos dinero, tarjetas de crédito, y espero que buena voluntad, pero empatía, lo que se dice empatía, poca. Rectifico, muy poca. Los regalos los compramos con nuestro criterio, desde nuestro punto de vista y nuestro gusto en la mayoría de los casos, sólo así se explica la avalancha de personas con cara de pocos amigos que acuden a primera hora del día después de la visita de Papa Noel o los Reyes a cambiar ese jérsey horroroso de color lila que te regaló tu suegra. Es de cuello subido (claro, ella es muy friolera, pero tú siempre tienes calor), y sabe que sólo te gustan los colores claros (pero a ella le encantan los tonos morados). Otro síntoma de malevolencia es el de las tallas cuando te regalan ropa. O sino que alguien me explique por qué tu cuñada Carmen elige para ti una falda de tubo monísima, pero de una ridícula talla 40, cuando sabe que tú gastas una 44. Así cuando abres el paquete y dices: ”gracias cielo, es preciosa, pero un poco pequeña”. Ella responderá: ”Huy, es que has engordado mucho desde el verano…”  Bruja!
 
O al revés, tu otra cuñada Encarna, que en este caso "encarna" la malignidad más feroz (disfrazada de niña mona), te regala una falda de la talla 46, y cuando tú exclamas, “pero querida, es enorme…. me sobra la mitad”. Ella exclama asombrada: ”cómo engañan los cuerpos, como retienes tanto líquido, te veía mucho más rellenita….”, y ése es el momento en el que todo tu espíritu navideño se esfuma como por arte de magia y coges esa bandeja de plata llena de cocktail de marisco primorosamente preparado por tu suegra para lanzársela a la cabeza a Encarna….. Es entonces cuando tu marido te agarra por el brazo y te dice, “¿cariño, te sirvo un poco más de foie?”, salvando así el preludio de una batalla campal que acabaría con las mechas californianas de la inefable Encarna debajo de una copa de vino.
 
Han sido sólo unos segundos pero has estado a punto de desmembrar a cachitos a parte de la familia. Olvida a toda la cofradía del Santo Reproche y disfruta las fiestas, que se acaban (afortunadamente) y volvemos a la normalidad.
 
El espejismo tiene fin. En Enero todos a régimen. Mi único horizonte son las rebajas, mis hijas al cole y volver al trabajo.
 
Os deseo a todos unas muy Felices Navidades y que 2015 venga repleto de deseos cumplidos y éxitos personales y profesionales.
 
 
May Ferreira



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19 diciembre 2014

Marca Personal: El valor de las Personas

Posted by Juan bueno On viernes, diciembre 19, 2014 2 comments
Marca personal. Ahora se llama Personal Branding.
 
Tu marca personal es la huella que dejas en las personas que se han acercado a tu producto o servicio. Me atrevo a escribir unas humildes reflexiones sobre este asunto del que en absoluto soy una experta, con permiso de mi buen amigo y gran profesional, Juan Carlos Alcaide, uno de los mejores especialistas en temas de márketing de nuestro país. Debo decir además que las pocas nociones que puedo tener sobre esta materia las debo a un Máster en la que me tocó hacer mi proyecto final sobre los aspectos que pesaban en la decisión de compra del cemento, en un momento, hace unos años, cuando la crisis todavía no nos había golpeado, y las empresas cementeras buscaban cómo diferenciarse en un mercado muy atomizado. La conclusión de ese interesante trabajo, por más que nos pesó descubrirlo, era que la decisión final del cliente se tomaba en base a un poderoso motivo, el precio. Un euro más por tonelada y el cliente se iba con la competencia.
 
Mi otra fuente de conocimiento o ideas en esta materia procede de Juan Carlos Alcaide, con el que he compartido muchas charlas de amigos en las que es un placer aprender conversando y algunos cursos y conferencias con él como ponente, que me ayudó a descubrir y entender conceptos como el márketing experiencial, por ejemplo.

 
El punto en común de un tema como el que hoy quiero tratar, la elaboración de la propia marca y mi mundo profesional de los Recursos Humanos es el de trabajar con y para personas. 
 
Diré una obviedad si afirmo que los consumidores cada vez estamos más informados y somos más exigentes, disponemos de más criterio. Esto hace que las empresas que ofrecemos nuestros servicios nos tenemos que volcar en que estos sean de calidad y se adapten plenamente a las necesidades de los clientes.
 
Creo que una marca personal debe ser el reflejo de la personalidad propia, es algo más que un logo o un nombre. Habría que convertir esa marca en el espejo de lo que tú eres, y lo que es más importante, en la representación de la pasión que sientes por tu trabajo. Recuerda, tu marca eres tú. Una marca representa mucho más que los productos que comercializa, transmite y proyecta emociones, personalidad y un estilo. Coca-cola ya no publicita un refresco, ahora nos habla de felicidad.
 
En el mundo de la formación, por ejemplo, la mayoría de las empresas ofrecemos técnicas y herramientas, sino iguales similares, y en la mayoría de los casos la diferenciación viene no tanto por los productos radicalmente diferentes, que no lo son, sino por la particularidad y estilo que cada uno de nosotros impregna en sus productos que los hace particulares y únicos.
 
Cuando un consumidor se compra un Ferrari o un Luis Vuitton no sólo compra el coche o el bolso, adquiere también la emoción que genera la marca, el status de esos productos exclusivos, el placer que produce poseerlos, la exclusividad.

 Otro factor muy asociado a las marcas y tremendamente vinculado a las personas, desde mi punto de vista, es la predictibilidad. Una marca, y la persona que está detrás de ella nos produce la seguridad de poder anticipar el comportamiento que tendrá en el futuro y que no nos deparará sorpresas desagradables. Una marca nos tiene que proporcionar seguridad, bienestar y afinidad, porque en definitiva no queremos trabajar ni adquirir bienes o servicios con empresas con las que no compartimos sus valores o incluso abominamos de ellos.
 
Por eso creo que buena parte del valor de las marcas está en las personas. Siempre recuerdo la situación de los directores de banco (profesión un tanto denostada ahora!) que llevan detrás de sí un montón de clientes aunque se cambien de entidad. ¿por qué? Pues porque apenas hay diferencias entre lo que ofrecen unos y otros, lo que no es comparable es lo que nos procuran las personas, su actitud, su aportación personal, su modo propio de actuar, el valor añadido que cada uno puede añadir a su marca, o a la de su organización. 
 
Creo firmemente que tu marca gana fuerza si ofrece una conexión fiable entre los clientes y los productos que ofrecemos. Decía Oscar Wilde:”Sé tú mismo, los demás puestos están ocupados”.
 
Acabo este post como lo empecé, recordando las enseñanzas de Juan Carlos Alcaide (recomendables todos sus libros, y a punto de publicar otro), una frase suya me parece especialmente inspiradora: “Calidad y calidez dan un diez”.
 
Hay sitio para todos. El enemigo no es la competencia. El peor adversario es ser mediocre.

May Ferreira

 



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14 diciembre 2014

Pobre de ti, si no fracasas

Posted by Juan bueno On domingo, diciembre 14, 2014 No comments
El fracaso es la más habitual de las experiencias. Si pensamos en fracaso como sinónimo de error, derrota o frustración debemos aceptar que nuestra vida está llena de pequeños fracasos. Mínimos, pero en lo cotidiano los míos son abundantes: una presentación no alcanza el nivel que yo quería, no dispongo de tiempo suficiente para una amiga que me necesita esta misma tarde o tengo un desencuentro con un familiar. Son fracasos de pequeña entidad, a los que nos sobreponemos con naturalidad y con el ritmo propio de una vida llena. También los tenemos grandes. A los fracasos me refiero. Afortunadamente son menos numerosos y menos abundantes. 

Si echamos la vista atrás todos tenemos fiascos que contar y algunos que han dejado huellas importantes, sino visibles: Rupturas sentimentales, proyectos laborales fallidos, etc. Y ese análisis suele ser negativo o estar impregnado de dolor. Claro, salvo excepciones, no somos masoquistas, y se vive mejor en las mieles del triunfo que en la amargura del fracaso. Pero esto, a mi modo de ver, no es del todo cierto.

Nuestras creencias limitantes y nuestro bagaje educacional tiene mucho que ver y se convierte en un lastre pesado, difícil de sacudir, que no nos facilita la vida. No, bien al contrario nos hace vivir cada pequeño malogro como una dolorosa muesca. Me revelo a dejarme hundir en ese naufragio. Y no quiero tampoco que lo hagan los míos.

Recientemente comentaba con una buena amiga un episodio que, en mi modesta opinión, no favorece nada nuestro sistema educativo. Mi hija de 8 años contaba un poco acomplejada que ella y varios de sus compañeros habían sido llevados a una clase de niños más pequeños cuando se habían equivocado un par de veces en hacer un ejercicio o los deberes. El castigo era tener que compartir una hora de clase con los peques y de esa forma exponer su torpeza al escaparate público. Lejos de conseguir ningún efecto beneficioso o motivador hacia el estudio tanto mi hija como otros niños manifestaban su deseo de no ir al colegio de forma reiterada. Desde luego acudimos a hablar con su tutora para cesar esta práctica de inmediato.
 
Mi amiga me contaba que su hijo de 16 años y que había pasado un año estudiando en Canadá contaba la experiencia contraria: allí le animaban en clase a dar soluciones o alternativas a los temas que se planteaban, y si éstas no eran correctas (lo que podía ocurrir con cierta frecuencia) los profesores le ayudaban a recorrer el camino de la reflexión para entender la validez o no de sus propuestas. Jorge decía que cuando estaba en su colegio de Madrid permanecía muchas veces callado porque si levantaba la mano y se equivocaba le ponían un punto negativo. En Canadá, sus compañeros le aplaudían.
 
El tema educativo tiene sin duda muchas aristas y lo dejo encima de la mesa como elemento de reflexión pero creo que flaco favor le estamos a haciendo a las generaciones más jóvenes cuando no les permitimos equivocarse para aprender. Por supuesto Jorge quiere regresar a Canadá….

Volviendo al ámbito profesional yo bendigo esos reveses, esos infortunios, esos fallos que nos permiten CRECER porque ahí es donde radica el aprendizaje.
 
Cuando doy cursos de Comunicación, sobre todo orientados a hacer presentaciones persuasivas siempre tengo que oír expresiones como “ese tipo es un crack”, “tiene un don”, “comunica de forma natural”, y de esa manera casi alejamos la posibilidad y la presión de tener que llegar a ser buenos en una determinada materia. Y nos olvidamos, ignoro si lo hace nuestro subconsciente, que esas personas a las que vemos en la cúspide de sus carreras profesionales llevan muchos cientos, a veces miles de horas de práctica en las que habrán cometido infinidad de errores. Y esos fallos, esos pequeños estropicios en lugar de hacerles hundirse y abandonar o estancarse les han animado a analizar qué fallaba e intentar mejorar en la siguiente ocasión. Y así una y otra vez. Podían optar por frustrarse, abandonar o desilusionarse. “yo no valgo para esto” es una frase que también escucho con frecuencia.

Pues yo contesto “no temas equivocarte”, casi todos podemos hacer muchas cosas. Sólo nos hacen falta dos ingredientes: técnicas o herramientas (se aprenden) y ganas o voluntad (esas dependen de nosotros).
 
A lo largo de mi andadura profesional he conocido a muy pocas personas, poquísimas, con un don natural para hacer buenas presentaciones. Para el resto de los mortales es imprescindible mucha práctica, técnicas y ganas de hacerlo bien.

¿Tú las tienes? Dicen que se alcanza el grado de maestría en cualquier disciplina con 10.000 horas. Y ni siquiera estoy segura que eso te garantice el fracaso cero.

Recuerda: El fracaso es la más habitual de las experiencias.



May Ferreira



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08 diciembre 2014

El pensamiento positivo

Posted by Juan bueno On lunes, diciembre 08, 2014 No comments
 
Nosotros y sólo nosotros decidimos cómo queremos que nos sucedan las cosas.
 











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