04 septiembre 2014

He vuelto a releer algunos párrafos del libro “Solo a los bebés les gusta que les cambienJose Manuel Gil (Deusto). Y si siempre me he centrado en concebir los cambios desde un punto de vista de las organizaciones, hoy que he estado con mis amigos pasando el día en la playa y hemos hablado de lo que nos ha pasado y lo que últimamente nos ha hecho cambiar algunas de las cosas que creíamos que nunca cambiarían,  he pensado en los cambios desde otro puntos de vista. ¿Cúanto se puede cambiar?, ¿en qué realmente cambiamos? ¿qué es lo que nos hace cambiar? ¿Se vuelve siempre a los mismos hábitos?.

Cambiar es difícil, ni siquiera una gran crisis personal facilita algunos cambios; cuales son las piezas que hacen que parte de nuestras conductas personales o de relación se modifiquen. Por qué un acontecimiento te hace reflexionar sobre  conductas poco efectivas y pasados unos meses volvemos a ejecutarlas. ¿Por qué una pareja sufre una crisis y las primeras semanas se cambian las formas, se deja de discutir, se invierte más tiempo en el otro y pasados tres meses las cosas vuelven a como eran semanas antes. ¿Por qué sabiendo y siendo conscientes que hay hábitos poco saludables nos cuesta abandonarlos?, ¿por qué reconociendo que actuar de cierta forma pasado el tiempo nos hace sentirnos mal, sin embargo no dejamos de actuar así?.
 
Asumir la necesidad del cambio es complicado ya que implica afrontar nuevos retos y procesos de aprendizaje, se necesita tiempo, paciencia y un amplio conocimiento de uno mismo.

Quizás la clave esté en no solo querer o tomar la decisión sino en los tres procesos necesarios vinculados a ella.
 
Las tres A
Aceptación emocional
La simple idea del cambio suele venir acompañada de un sentimiento de miedo y resistencia. Nos damos cuenta de que vamos a dejar atrás la comodidad y los hábitos a los que estamos acostumbrados para adentrarnos en un territorio desconocido. Aceptar la incertidumbre y gestionar las emociones que giran alrededor de ese miedo constituyen el primer paso a dar en el proceso de cambio que vamos a emprender.

Análisis
Cada uno de nosotros solemos hacer valoraciones de nosotros mismos basándonos en creencias y aprendizajes que se han consolidado a lo largo de nuestra vida, de nuestra formación, de nuestro trabajo y de las personas con las que nos hemos vinculado, relacionado o lo estamos haciendo.
Para poder empezar a cambiar es preciso realizar un ejercicio de deconstrucción de nuestra propia identidad vinculada a acciones y creencias conscientes y menos conscientes para así poder llegar a entender qué significado tiene para uno mismo parte de lo que hacemos, a fin de cuentas dar respuesta a la pregunta ¿qué significa ser lo que soy y hago?

Alcanzar un conocimiento profundo de nosotros mismos es clave para rediseñar nuestra carrera profesional, nuestra forma de relacionarnos, de entendernos con los otros, con nuestra pareja, padres, jefes, compañeros, amigos.... En definitiva de vernos y sentirnos de otra forma. Solo así podremos reorientar nuestras capacidades y aptitudes, que ahora queremos  desempeñar.

Ambiente
Una vez que ya hemos dominado el miedo y somos conscientes de nuestras capacidades, el siguiente paso consiste en conocer el entorno, reevaluar las formas en que se relacionan con nosotros, reorientar las antiguas y anticipar e interactuar  para ajustar los cambios que puedan darse en un nuevo escenario de mayor efectividad. En este proceso de reorientación o rediseño, es fundamental interaccionar con este entorno de otros modos y crear nuevos patrones que nos vayan a permitir adaptarnos a la nueva realidad que deseamos.
 
Siguiendo con el tema de la playa, tumbados en las toallas, bastante relajados tomando el sol, hablamos de conocidos de hace mucho tiempo y otros de menos tiempo. No solo si había más arrugas y menos elasticidad, en todos, en nosotros principalmente.
 

Empezamos con algunas maldades tengo que reconocerlo, preguntándonos si aquella que llevó pantalones cagados y el pelo sucio con una cinta vieja de estrellas negra para recibir a una visita ... ahora se había convertido después de ir al psicólogo en una mujer fina y elegante que se pintaba, sin salirse, las uñas de los pies abandonando la vulgaridad cuando hablaba. Si ese matrimonio con el que comimos pasta en un restaurante cerca del mar, que se faltaban el respeto en público y se criticaban llamándose aburridos...y otras cosas, se habían convertido en una pareja amorosa que se mimaba. Si aquel que jamás cocinaba, machacaba ahora los ajos como un autentico chef. Si el que a penas despegaba los labios, nos hacia relatos interesantes sobre el reciclaje, y si por fin aquel que siempre argumentaba todos sus razonamiento con fórmulas matemáticas, decía ahora alguna vez “eso no lo sé”...

Entre risas y comentarios cada vez más locos, casi al final  una de mis amigas que había sufrido un año de muchos cambios, algunos muy dolorosos me dijo: Yo he llegado a la conclusión de que si... algo no me gusta, intento cambiarlo y si no puedo hacerlo, lo que hago es cambiar de actitud y puede que de deseos".

¡¡Qué inteligente me pareció en ese momento!!!, cambio de actitud. 

El mejor momento para plantar un árbol fue veinte años atrás. El segundo mejor momento es ahora...lo dejo en la mesa para pensar.

Mila Guerrero
http://humanrecblog.wordpress.com/

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